Cuando la persecución morisca
encontró refugio en el flamenco
‘Arqueología de lo jondo’, de Antonio Manuel Rodríguez, revela la influencia andalusí en el ancestral género popular y alcanza ya su séptima edición
La Real Academia de la Lengua vincula el vocablo “flamenco” con una región histórica de Europa. “Natural de Flandes”, señala en su primera acepción. La segunda redunda en la misma idea: “Perteneciente o relativo a Flandes”. Incluso la tercera: “Dicho de un estilo pictórico que se desarrolló en Flandes en los siglos XV al XVII”. Hay que esperar a la cuarta acepción del diccionario de la RAE para que el flamenco aparezca atado a un fenómeno popular artístico. “Dicho de una manifestación cultural”, indica escuetamente. Y añade: “De carácter popular andaluz, y vinculado a menudo con el pueblo gitano”.
Wikipedia no se anda tanto por las ramas y afina el tiro sin rodeos: “El flamenco es un género de la música folclórica española que se desarrolló en Andalucía”. Sí, de acuerdo. Pero, ¿de dónde brota el flamenco? ¿De qué sustrato se alimenta? El origen del flamenco es uno de los enigmas antropológicos y culturales más sugerentes de la historia peninsular. Se sabe que nació en los márgenes y que es el fruto de una aleación sincrética de quejíos gitanos, negros y moriscos. El lamento de los perseguidos.
Ahí, en el sustrato andalusí, es donde el escritor Antonio Manuel Rodríguez Ramos ha indagado durante años para articular una hipótesis alternativa sobre la génesis del flamenco. Y lo ha hecho siguiendo el rastro ancestral de las palabras y los giros expresivos que han modelado una cultura oral cincelada de memoria y transmisión.
En Arqueología de lo jondo, el autor sostiene que la persecución morisca encontró refugió en el flamenco a través de un sorprendente fenómeno de resiliencia invisible que encriptó una cultura duramente hostigada. El propio nombre de flamenco, según Antonio Manuel, codifica dos vocablos de origen árabe andalusí. Falah significa campesino y mencub hace referencia a los desposeídos. “En la garganta y en el alma están los yacimientos más difíciles de expoliar. Por eso la palabra flamenco es la más flamenca y más morisca de todas”, argumenta el escritor.
Arqueología de lo jondo fue publicada por Almuzara en 2018 pero alcanza ya su séptima edición y ha dado origen a una serie documental de cuatro capítulos en Canal Sur. El libro ha sido presentado en México, Italia, Marruecos y Cuba, y ha recorrido decenas de localidades de Andalucía y España. En cierta medida, la obra es la continuación de La huella morisca (Almuzara, 2010), un revelador ensayo sobre las señales ocultas de la cultura andalusí tras la caída de Al Andalus.
Con la conquista cristiana, a los andalusíes se les prohibió hablar su lengua, vestir sus ropajes, alimentarse de su comida y rezar a su dios. Por eso camuflaron su identidad en la vida diaria y en sus rasgos culturales. También en el flamenco. Antonio Manuel pone dos ejemplos genuinos: ¡ay! y ¡olé! Son dos interjecciones unidas orgánicamente al flamenco. La primera evoca el dolor y demuestra, en opinión del escritor, que el flamenco encierra un trauma: el producido por la renuncia a ser lo que uno es. Olé remite al nombre árabe de dios: Allah. Y evidencia que detrás de mucha etimología flamenca pervive el rastro de lo sagrado.
Existen muchos ejemplos. Por ejemplo, soleá, el palo supremo del flamenco. Según el autor, el vocablo proviene de salat, que en árabe significa “rezo”. O martinete, que es un cante matriz del flamenco, sobrio y dramático, que se acompaña frecuentemente de un golpeo monocorde en la fragua. Antonio Manuel sostiene que la palabra procede también del árabe marratain, que significa literalmente “dos veces” y alude a la segunda llamada a la oración. Siguiriya descendería de sukar (“azúcar”, en árabe) y refleja, a juicio del escritor, el estado de embriaguez o éxtasis místico que alcanza el cantaor cuando se atreve con uno de los palos más desgarradores.
Farruca, jaleo, zambra o zarabanda son conceptos flamencos asociados “incuestionablemente” al origen andalusí, según Rodríguez. Muchas letras incluyen expresiones chocantes difícilmente descifrables. Por ejemplo, hay tangos que concluyen con una presunta reivindicación del “calabacín”. Y, en realidad, a juicio del autor, esconde la unión de dos palabras árabes: qalb (“corazón”) y hazim (“triste”). La exclamación “¡agua!”, que se usa frecuentemente en fiestas flamencas, no se refiere en modo alguno al líquido elemento sino que deviene de una alteración fonética de aqua, que quiere decir “más fuerte” en árabe.
El libro propone un rastreo arqueológico de las huellas moriscas encriptadas en el flamenco. “Es una declaración de principios y un método”, explica. “Pretende incorporar la etimología como una de las ciencias que servirían para encontrar los orígenes de lo flamenco”. Y para descifrar las palabras codificadas hay que hacerlo desde una “perspectiva holística” en la que no solamente se tenga en cuenta la historia sino especialmente la “memoria no documentada”.
Los especialistas han situado tradicionalmente el origen del flamenco en el siglo XVIII y no han buceado en las raíces primigenias por la ausencia de fuentes documentales. Lo que el profesor cordobés propone en esta obra precisamente es rescatar otro tipo de fuentes “antropológicas” y “memorísticas”, sin las cuales, a su parecer, es imposible poner en pie una hipótesis razonable sobre los orígenes de la cultura flamenca.
“Yo creo que esa es la mayor aportación del libro”, afirma. “Es decir, un método con el que poder excavar más allá de lo aparente y encontrar palabras que se refugian en sonidos castellanos, pero que, en realidad, provienen de otras palabras que permanecen en formol”. A todo ese material Antonio Manuel se propone dotarlo de “coherencia”.
Arqueología de lo jondo sugiere “tres matrices” de las palabras flamencas. La primera proviene de lo religioso, singularmente lo místico, y ahí encuadra la soleá, la seguirilla o el martinete. Otras palabras derivan del “dolor” y la “tragedia” de la expulsión. El mismo vocablo flamenco emanaría de este grupo. Y finalmente un conjunto de expresiones vinculadas directamente con la música, donde incluiría, por ejemplo, la taranta, que emana, a su juicio, de taranim o de tartil, que significan recitación.
“El impacto de este libro ha sido brutal, tanto en el fondo como en la forma”, afirma el autor. “Yo no quise escribir un libro academicista”. La obra ha provocado un revuelo considerable entre los flamencólogos tradicionales. Ha recibido críticas furibundas, pero también elogios sentidos. Rocío Márquez, María José Llergo, Argentina, Rafael de Utrera o Laura Vital han acompañado al escritor en muchas de sus presentaciones.
Manolo Sanlúcar respaldó desde el primer momento sus reflexiones sobre el origen morisco del flamenco. Y afirmó: “Antonio Manuel, hermano en el dolor andaluz, nos busca en la historia para expresar nuestra verdad y ponerla en pie”. Y para el poeta y flamencólogo José María Velázquez-Gaztelu, Arqueología de lo jondo es un trabajo “hecho con amor y respeto, excelente, lúcido y revelador”.
Antonio Manuel quiere recopilar “nuevas investigaciones” y agruparlas para facilitar la identificación etimológica de lo flamenco. “Arqueología de lo jondo ha servido para impugnar la visión nacionalcatólica de España y demuestra que ha habido una pervivencia cultural de resistencia al olvido”, proclama el autor. Y concluye: “El flamenco está hecho de vida y me parece un gravísimo error fosilizarlo”.Ra