El filósofo que iluminó el mundo
En 2026 se cumplen 900 años del nacimiento de Averroes, el pensador cordobés que rescató el racionalismo griego y anticipó la modernidad
Los cronistas árabes dibujan el cuerpo inerte de Averroes cargado sobre una mula camino de Córdoba. Había muerto tres meses antes en Marraquech. Exactamente el 11 de diciembre de 1198. Allí se había instalado nuevamente en la corte del califa almohade después de enconados desencuentros con la autoridad religiosa. La familia del venerable filósofo cordobés pidió, quizás por deseo expreso del pensador, que su cadáver fuera repatriado y enterrado en la ciudad que lo vio nacer. Y su cuerpo fue cargado sobre una de las alforjas de la acémila. En la otra, recuerda el cronista, figuraban como contrapeso todos sus libros.
La imagen del gran pensador cordobés a lomos de una bestia de carga está provista de una fuerza poética arrolladora. Y, en cierta medida, define gráficamente a uno de los intelectuales más influyentes de la historia de la filosofía. Hablamos de un sabio total. De un erudito que exploró amplias áreas del conocimiento, desde la filosofía a la medicina pasando por la astronomía y las ciencias jurídicas. Abu Al Walid Muhammad Ibn Ahmad Ibn Muhammad Ibn Rushd ha sido una pieza clave del pensamiento moderno. Rescató el racionalismo griego, especialmente de Aristóteles, y lo proyectó al futuro. Y lo hizo en un momento en que la razón vivía constreñida en el marco dogmático dominante.
Desde ese punto de vista, podemos aventurar que Averroes adelantó la modernidad unos cuantos siglos y puso la primera semilla del Renacimiento europeo. “Representó la aurora de la modernidad”, sostiene Andrés Martínez Lorca, catedrático de Filosofía Medieval y uno de los máximos estudiosos de su figura. Porque moderno fue separar ya en la Edad Media filosofía y religión como dos formas de conocimiento diferentes. Averroes admitía que la religión era el “campo de creencia” de la mayoría. En cambio, en opinión del letrado andalusí, las personas ilustradas preferían la filosofía porque era la manera de “rendir culto a la divinidad con la parte más elevada del ser humano: la razón”.
Averroes nació en Córdoba en las postrimerías de una sorprendente civilización que deslumbró a Europa y el Mediterráneo. En 2026 precisamente se cumplen 900 años de su nacimiento. Su familia pertenecía a una reputada estirpe de juristas, perfectamente posicionada en el seno del declinante poder almorávide. Su abuelo fue juez principal de Córdoba y médico de la corte almohade en sustitución de Ibn Tufayl. Y él mismo se situó en la cúspide de los juristas sevillanos, primero, y cordobeses, después.
A medida que avanzó en sus investigaciones sobre la obra de Aristóteles fue entrando en conflicto con los ulemas conservadores, que veían en su pensamiento racionalista una amenaza a sus postulados ortodoxos. “Averroes se granjeó un buen número de enemigos, especialmente entre los tradicionalistas almorávides”, subraya Pedro Mantas, profesor de Historia de la Filosofía en la Universidad de Córdoba. “Y en 1194 se formularon algunas acusaciones de impiedad” en su contra, que le obligaron a exiliarse en Lucena.
Su estudio sistemático y riguroso del pensamiento de Aristóteles tuvo una “influencia importantísima en la Edad Media latina”, sostiene Mantas. Sus reflexiones sobre fe y razón abrieron encendidas polémicas teológicas hasta el punto de que el obispo Tempier activó en París en 1277 un proceso al aristotelismo y prohibió expresamente las llamadas “tesis de la doble verdad”, defendidas por los averroístas. “Gracias a Averroes, Aristóteles se convirtió durante siglos en la referencia fundamental de la filosofía”, afirma. El profesor de la UCO asegura que el pensador andalusí fue el “más famoso y prolífico” comentarista del estagirita. Aún se conservan 38 de sus obras, que abarcan “prácticamente todos los niveles formativos de su tiempo”.
Su trabajo más relevante como jurista fue Bidaya, donde estudió los fundamentos del derecho islámico y ofreció claves para que el profesional tomara sus decisiones en los márgenes de la lógica partiendo del Corán como fuente indiscutible. También exploró el territorio científico de la astronomía, sobre todo a través del estudio de Ptolomeo, cuya obra comentó en su Epítome al Almagesto, de la que solo se conoce una versión en hebreo. Efectuó observaciones directas del firmamento, a pesar de las limitaciones técnicas propias del siglo XII, y desarrolló una concepción naturalista de la ciencia.
Como médico, evidencia un profundo conocimiento de las enseñanzas de Galeno y su Kulliyat o Libro de las generalidades de la medicina proyectó un poderoso influjo en toda la Edad Media europea. Examinó de forma exhaustiva diversas disciplinas médicas, desde la anatomía y la fisiología a la patología, y avanzó significativamente en el estudio del sistema nervioso periférico y central. En patología, formuló que a cada enfermedad le corresponde un síntoma y llegó a identificar más de 300 medicamentos.
Averroes es, por lo tanto, un autor decisivo de la filosofía medieval. Y, sin embargo, su obra ha sido, en cierta medida, silenciada en los planes de estudio españoles, sobre todo en enseñanza secundaria. “Junto con Maimónides”, argumenta Pedro Mantas, “han sido dos de los andalusíes más investigados, citados e influyentes en la historia del pensamiento universal”, lo que no ha impedido que sigan siendo unos “grandes desconocidos para los alumnos andaluces”.
La razón que se esconde detrás de este “olvido” de los dos filósofos cordobeses, según el investigador de la UCO, reside en el intento por parte de la dictadura franquista de “relegar el pensamiento árabe y judío”. Ni la transición ni la democracia corrigieron este desajuste incomprensible propiciado por el discurso nacionalcatólico imperante y siguió “priorizando el pensamiento latino, que muchos focalizaban en Tomás de Aquino”. En los estudios universitarios, sin embargo, el régimen franquista fue “algo más permisivo” con la difusión de la filosofía andalusí, fundamentalmente a través de las investigaciones de Miguel Cruz Hernández.
Los dos célebres pensadores cordobeses acabaron conociendo la amargura del exilio. Maimónides falleció en El Cairo en 1204, aunque su cuerpo fue sepultado poco después en Tiberiades. Averroes murió en Marraquech. Los cronistas árabes le reservaron un épico viaje en mula para ser enterrado en su Córdoba natal. Pero, ¿dónde se encuentra su tumba? A finales de los sesenta del siglo pasado, con la expansión de la ciudad extramuros, se construyó un nuevo barrio más allá de la Muralla del Marrubial de origen almohade. En el subsuelo de Edisol aparecieron unas lápidas con inscripciones árabes. El historiador y arabista Antonio Arjona aventuró antes de su fallecimiento, en septiembre de 2013, que uno de los nichos podría pertenecer al gran Averroes. Nunca se verificó aquella hipótesis. La hormigonera rellenó la enorme hondonada sobre cuyos cimientos se levantó una de las zonas residenciales de Levante. Y enterró, quizás para siempre, la memoria de uno de los más insignes pensadores de la historia de la filosofía.