Las (olvidadas) mujeres de Al Andalus
Diversos estudios académicos rescatan y analizan el tradicionalmente relegado papel de las féminas a lo largo del periodo andalusí
Si hay una mujer icónica en el imaginario mítico de Al Andalus, esa fue Wallada Bint Al Mustakfi. Hija del undécimo califa omeya, nacida en pleno desmoronamiento del esplendor andalusí, Wallada logró quebrar muchos de los clichés femeninos de la época y se zafó de la tutela masculina para abrir un salón literario y dar rienda suelta a su energía creativa.
La hija de Al Mustakfi desafió el poder patriarcal, incluso en su turbulenta y transgresora relación con el poeta Ibn Zaydun, de cuya historia se han vertido algunas de las páginas más apasionadas de la literatura medieval. Las fuentes andalusíes lo describen como un amor secreto y descarnado, condicionado por la rivalidad familiar que enfrentaba a los Banu Yahwar con los Omeya. Ocho de los nueve poemas que se conservan de Wallada evocan su atormentado vínculo pasional con Zaydun.
La de Wallada no es una historia paradigmática de la mujer andalusí. Representa, en todo caso, al modelo de mujer cortesana integrada en los círculos del poder. En realidad, no hay un patrón femenino en Al Andalus. “Hay mucha diferencia entre ellas, tanto desde el punto de vista social como cultural”, asegura la arabista Manuela Marín, autora de Mujeres de Al Andalus, uno de los títulos de referencia.
Sus investigaciones revelan que la información disponible en las fuentes refleja muchos más elementos de juicio sobre mujeres urbanas y acomodadas. “Sobre las mujeres en el campo, tenemos muy poca información”, puntualiza. Ese desfase condiciona notablemente los estudios de género sobre el periodo andalusí. En parte, la arqueología está corrigiendo ese vacío en las últimas décadas, gracias al rastreo de las estructuras domésticas y la asignación de roles en las zonas residenciales.
Las diferencias sociales marcan los patrones de género. “Las mujeres acomodadas no salen de su casa. Y las del mundo rural trabajan en el campo, como en cualquier sociedad tradicional”, explica la investigadora. Salvo excepciones, las féminas no desempeñan puestos públicos relevantes. No hay mujeres juezas, ni médicas, ni policías. Otra cosa bien distinta es que muchas de ellas ejercían una notable influencia social o política, principalmente las mujeres de las clases altas. Ahí está el caso de Subh, la concubina favorita de Al Hakam II y madre de Hisham II, de quien fue regente en alianza con Almanzor.
También juegan un rol destacado como mecenas, sobre todo como financiadoras de obras públicas, fundamentalmente piadosas, como es el caso de mezquitas, madrasas o instituciones benéficas. Son mujeres pertenecientes a los círculos de poder que, por circunstancias diversas, han terminado administrando importantes sumas de dinero o propiedades materiales. Otras, como por ejemplo la hija de Abderramán II, se especializó como copista del Corán.
En muchos aspectos, la mujer andalusí jugaba una función social similar a otras sociedades medievales del momento. Casi siempre en el estrecho margen del espacio doméstico. “Ese es un perfil propio de las sociedades patriarcales en general”, subraya Manuela Marín. Aunque hay algunas mujeres que desbordan el marco social que se le ha asignado y logran montar su propio negocio o desempeñar ciertas actividades profesionales.
Hay que tener en cuenta que las crónicas están escritas por hombres y sus puntos de vista están tamizados por la mirada masculina, con sus prejuicios machistas y sus sesgos morales. Las mujeres, por lo tanto, suelen ser invisibilizadas y cuando aparecen en escena están sujetas a múltiples clichés. “A los cronistas no les parece nada bien que haya una mujer con relevancia política. Eso sucede en Al Andalus y en cualquier reino cristiano de la Edad Media”, asegura la arabista.
Lo que sí distinguió a la mujer andalusí de la cristiana del norte es su independencia económica, tal como marcaban las leyes islámicas. “Son sujetos económicos y disponen de sus propios bienes separados de los del marido”, remarca Manuela Marín. “Y eso en una sociedad cristiana tardó en llegar hasta el siglo XIX”. En la herencia, sin embargo, perciben la mitad que sus hermanos hombres.
La arabista Bárbara Boloix, doctora en Filología Árabe por la Universidad de Granada, también ha investigado el papel de la mujer en Al Andalus. En 2013 publicó Las sultanas de la Alhambra, donde examina el estatus social y la influencia política de las mujeres del reino nazarí de Granada. Aunque normativamente no podían ocupar posiciones públicas de poder, en la práctica lo ejercían entre bambalinas.
El entramado cortesano nazarí estuvo vapuleado por litigios cruentos y frecuentes asesinatos políticos, lo que obligó a muchas mujeres a traspasar el umbral de sus vidas privadas para hacerse cargo de responsabilidades administrativas como regentes de sus propios hijos. Boloix también destaca cómo el derecho islámico confiere a las mujeres la capacidad de ser propietarias. De manera que podían comprar, vender o alquilar, tal como refleja la abundante documentación disponible.
También cumplían con frecuencia funciones diplomáticas. Zahra Riad, la segunda esposa de Mohammad IX, intercambió cartas con la reina de Aragón. En algunos casos, por ejemplo, las mujeres alcanzaron cotas elevadas de formación cultural o científica. Fátima Bin Al Ahmar, madre de Ismail I, exhibió una vasta cultura y se entregó a la transmisión de obras y maestros de su época.
La profesora Caridad Ruiz de Almodóvar es autora del estudio La mujer en la legislación musulmana y ha centrado parte de su trayectoria académica en las cuestiones de género. La arabista recuerda que la ley islámica trata como iguales a hombres y mujeres “porque fueron creados por Alá”. El islam prohibió las prácticas arcaicas del infanticidio femenino y les permitió formar parte de la herencia familiar. Sin embargo, según Ruiz de Almodóvar, les adjudica naturaleza diferente y establece la “preeminencia” del hombre como “proveedor y protector” de la familia.
Varias aleyas reducen a la mitad el valor del testimonio femenino y prohíbe el acceso de la mujer a la función pública, mientras que en el matrimonio se experimentaron avances al estipular el consentimiento de ambos y permitir su disolución. La esposa recibe una dote de la que es propietaria legal y, por tanto, soberana desde el punto de vista económico.
Como en contextos análogos de su tiempo, las mujeres de Al Andalus mantuvieron roles tradicionales y experimentaron significativos avances en algunos casos, singularmente en los círculos cortesanos, que sembraron la semilla de profundas transformaciones sociales.