“Se sigue viendo Al Andalus como un paréntesis extranjero en la historia de España”
El medievalista Eduardo Manzano combate la visión excluyente del pasado y reivindica la diversidad en su libro sobre la ‘España Monumental’
España cuenta con 50 bienes incluidos en el listado del Patrimonio Mundial de la Unesco. Cuarenta y seis de ellos son conjuntos monumentales y otros cuatro tesoros naturales. El prestigioso medievalista Eduardo Manzano, uno de los mayores expertos en Al Andalus, ha logrado hilvanar un espléndido recorrido por la historia peninsular a través de sus 46 joyas arquitectónicas reconocidas por la Unesco.
A lo largo de sus 390 páginas, salpicadas de formidables imágenes, el historiador nos descubre una España poliédrica, multiforme y diversa alejada de la visión monocorde a la que los mitos fundacionales de la nación han intentado (e intentan) reducir nuestro pasado. De hecho, España Monumental sigue la estela de su anterior y esclarecedor libro España Diversa, publicado en 2024 con la decidida intención de dinamitar los cimientos de la España excluyente que hoy regresa con inusitada fuerza a lomos del pensamiento reaccionario.
Al otro lado del teléfono, Manzano desgrana sus argumentos con precisión y mesura. “La historia no es un fósil”, razona. Es una sucesión de páginas que se entrecruzan entre sí y que componen día a día un devenir que no está escrito en ninguna parte.
Pregunta: ¿Qué le ha empujado a escribir España Monumental?
Respuesta: La idea era tratar de demostrar que la historia de España se puede ver desde muchas perspectivas y una de ellas era precisamente la de estos lugares que son Patrimonio Mundial de la UNESCO. Son 46 y estos lugares culturales tienen dos características muy importantes. La primera es que cubren prácticamente todos los periodos históricos desde Atapuerca, los primeros homínidos que se documentan en la península, hasta la época contemporánea con las obras de Gaudí o del modernismo en Barcelona.
La idea era que estos lugares no solamente fueran vistos desde el punto de vista de la historia del arte, sino también como procesos históricos. Y tiene además la ventaja de que estos lugares están en todas las comunidades autónomas. El objetivo era hacer este recorrido, que fuera muy visual y que pudiera dar una idea de la enorme diversidad que hay en la historia de este país, con sus mezquitas, sinagogas, palacios y todo tipo de diferentes conjuntos monumentales.
Digamos que es continuación de su anterior libro España Diversa.
Es un poco, como dicen los ingleses, un companion. Es decir, esa idea de que la diversidad en la historia de España es una cosa muy presente. No es algo que solamente se pueda ver en multitud de textos y testimonios, sino que realmente lo puedes ver incluso en un mismo edificio. Tú vas a Sevilla y ves que fue destruida la Mezquita para construir la Catedral gótica, pero sigue habiendo elementos islámicos que están ahí. Y esto es algo que yo creo que no se ha insistido lo suficiente. Esa es una presencia viva, real, tangible, que, sin embargo, tiende muchas veces a ser ignorada.
¿Qué dicen estos 46 sitios del Patrimonio Mundial sobre nuestra propia identidad?
Yo no hablaría tanto de identidad como de la existencia de una diversidad muy grande. Una diversidad donde puedes ver en un mismo edificio de Córdoba una Mezquita, una Catedral gótica e incluso una capilla dedicada al Inca Garcilaso. Es decir, que incluso hay una conexión con la historia de la colonización de América. Es la prueba evidente de una diversidad histórica que no se ha conocido suficientemente bien y sobre lo que yo creo que tenemos que insistir cada vez más. No hay una identidad cerrada, sino que por circunstancias muy variadas y, a veces, muy paradójicas, hay una diversidad en la historia de España.
¿La España diversa y monumental cuestiona los mitos fundacionales de la nación española?
Completamente. Los mitos fundacionales de la nación española lo que hacen siempre es tratar de dar una visión sesgada y unívoca del pasado de la Península Ibérica o de España, como quieras llamarlo. Y siempre ha implicado un relato homogéneo y unitario en el que no tienen cabida elementos que son ajenos. Y precisamente lo que tenemos que hacer hoy en día es reivindicar esos elementos que son ajenos. Incluso en lugares como, por ejemplo, el Palau de la Música Catalana, que puedes ver como una joya del modernismo, que lo es, pero también como la expresión de una sociedad que está cambiando en ese momento.
No se entendería el Palau de la Música Catalana sin esa tradición que va muy unida a la reivindicación catalanista y que deberíamos asumir como un tema que ha estado presente en la historia de este país. Debemos aprender a convivir con ello.
¿Sabemos leer nuestro patrimonio histórico?
Es una pregunta paradójica. Por un lado, se ha hecho muchísima investigación y está muy bien estudiado. Pero, por otro, no siempre estamos siendo capaces de transmitir a las personas que lo visitan los valores que encierra. Cada vez se está degradando más la propia noción de patrimonio histórico en el sentido de que está sometido a una masificación y una turistificación. Y ahí se está perdiendo una oportunidad de oro de transmitir correctamente elementos de la historia del pasado de este país. Se va más hacia una cultura de selfies, una cultura de lo bonito, de lo que puede ser atractivo para el turista, pero se está desaprovechando la capacidad de transmitir el conocimiento que tiene el patrimonio. La Alhambra está casi en 3 millones de visitantes al año. Y la pregunta sería: ¿cuánto sabe de la dinastía nazarí una persona que sale de la Alhambra? Yo creo que muy poco, por no decir prácticamente nada. Y esto es algo que nos debería hacer reflexionar.
¿Seguimos viendo al Andalus como un paréntesis extranjero en la historia de España?
Claro. Eso está marcado a machamartillo en el relato tradicional de la historia de España. Es un paréntesis que incluso se percibe como un barniz que fue eliminado por completo. Y cuanto más conocemos ese pasado andalusí nos damos cuenta de que es una cosa que está mucho más presente de lo que se ha venido defendiendo. Esto no quiere decir que se nieguen temas como la expulsión, que realmente generaron una homogeneidad muy grande, pero sería importante tratar de dar a entender que esa presencia islámica o romana ha dejado unos restos muy apreciables y que podemos utilizar para construir puentes con otras comunidades.
¿España nació en Covadonga?
Usted sabe que no.
Yo quiero escucharlo de su propia voz.
Por supuesto que España no nace en Covadonga. España es un concepto que ha ido variando a lo largo del tiempo y ha tenido muchísimos significados dependiendo del momento y del lugar. El concepto que podemos tener hoy en día de España no tiene nada que ver con el que pudo existir en las montañas de Covadonga. Lo interesante es que hoy en día pensemos que es un proyecto que seguimos construyendo y que va a depender en última instancia de lo que decidamos que sea en el futuro. Por eso no estoy muy de acuerdo con estas visiones esencialistas que nos hablan de que la historia es una especie de cadena a la que estamos amarrados. La historia es, por el contrario, algo que hacemos todos los días y que se va reiniciando prácticamente en cada momento.
Convendría que nos quitáramos de enmedio esas visiones tan esencialistas, esa interpretación tan estrecha, y fuéramos capaces de adoptar una visión un poco más relajada, más integradora, más flexible, más dúctil, y que tuviera el pasado histórico como un elemento de conocimiento y no como una especie de destino en lo universal. Deberíamos intentar no tenerlo tan presente en la cabeza como algunos pretenden hacernos creer hoy en día.
¿Y por qué ha renacido la visión unitaria, excluyente y monolítica de la identidad española?
Yo creo que se debe a muchos factores. Una sociedad española que durante 400 años fue muy homogénea desde el punto de vista especialmente religioso, en 40 o 50 años ha cambiado radicalmente. Lo que estamos viendo es el choque que esto está produciendo. Hay muchos sectores que pretenden volver a una visión de España que idealice esta idea de un pasado homogéneo que tiene que seguir siendo homogéneo en nuestros días. Esto es ir en contra de la propia historia y de la propia evidencia. Y yo creo que no nos ayuda a construir una sociedad mejor. Más bien todo lo contrario. Nos está llevando a construir una sociedad más sectaria y más excluyente. Los historiadores también hemos cometido ciertos errores, en el sentido de que hemos pensado quizá de una manera demasiado ingenua que estos mitos eran cosa del pasado, del franquismo, y que no iban a volver. Sin embargo, estamos comprobando con verdadero asombro que sí están volviendo.
La diversidad no es un valor en sí mismo. No es algo estupendo, sino que plantea problemas y genera tensiones. Y estamos viendo que esas tensiones están aflorando. Yo personalmente creo que estamos todavía a tiempo de ser capaces de encauzar esas tensiones en un sentido mucho más positivo y más integrador.
¿Este fenómeno del nacionalismo excluyente es un resfriado o una pulmonía que va a provocar graves problemas de convivencia en las próximos décadas?
El resfriado y la pulmonía es algo que no depende de nosotros. De lo que se trata es de que seamos capaces de convencer al mayor número de gente posible de que el futuro va a ser lo que decidamos nosotros. Estamos en una encrucijada y en el fondo soy optimista. Si conseguimos demostrar que hay una noción de ciudadanía que puede ser mucho más integradora, mejor informada, con mejor conocimiento, creo que podemos llegar a proponer formas de historia compartida que hoy en día algunos están intentando negar.
Todavía estamos a tiempo de gestionar esto de manera mejor. Todo nos ha pillado a todos un poco de improviso. No lo veíamos venir y creo que cada vez estamos siendo más conscientes de las implicaciones que tiene. Yo intento aportar un pequeño grano de arena para un debate que debería ser más racional, más calmado y, sobre todo, mejor informado de lo que está siendo hasta ahora.
¿Qué amenaza hoy el inmenso legado arquitectónico y cultural de España?
Hay dos aspectos. Uno se deriva del propio mantenimiento. El calentamiento global, los desastres naturales, las lluvias torrenciales como las que estamos viendo están afectando al patrimonio. Hace un par de días, por ejemplo, yo vi como se derrumbaba el torreón de un castillo medieval que está aquí cerca de Madrid, el Castillo de Escalona, posiblemente debido a las fortísimas lluvias de los últimos tiempos. El otro problema es la masificación creciente y la turistificación, pero sobre todo la trivialización del patrimonio. La necesidad de que el patrimonio simplemente sea un elemento para atraer visitantes por número y que se mercantilice. Que el patrimonio, lejos de ser un recurso, se convierta en una mercancía. Y ahí es donde se están produciendo ya una serie de indicios que son muy preocupantes. La presión empieza a ser realmente muy fuerte. Y deberíamos ser conscientes cada vez más del carácter público del patrimonio y de la necesidad de impedir que el enorme potencial que tiene de conocimiento se acabe trivializando.
El año 2025 ha cerrado con 97 millones de turistas, un récord sin precedentes. ¿Podemos morir de éxito?
Es que estamos muriendo ya de éxito. Hay cifras de visitantes en algunos lugares que son inasumibles. La Sagrada Familia está ya en los 3 millones de visitantes. El problema es que es muy difícil de gestionar. Tú no puedes convertir el patrimonio en un elemento elitista, pero tampoco puedes permitir que esta masificación acabe generando un deterioro. El aumento del número de visitantes no es necesariamente una cosa buena para el patrimonio. Una vez que exista un consenso social sobre esto, que debería incluir a gestores del patrimonio y agentes sociales de todo tipo, debemos buscar fórmulas para que este patrimonio se descongestione.
Es un tema bastante complicado en el que no tenemos todas las soluciones, pero hoy en día empezamos a contar ya con herramientas que permiten conocer cuáles son los focos turísticos y cómo se desarrollan. Y con esos datos debemos empezar a trabajar en pro de la sostenibilidad de determinados lugares patrimoniales. Y que la visita a estos lugares, lejos de ser un simple deambular sin sentido, se convierta en una experiencia enriquecedora y de conocimiento.
Leo en la contraportada del libro lo siguiente: “Patrimonio histórico concebido como una conquista democrática sin otro dueño que la ciudadanía”. ¿Somos realmente dueños de nuestro patrimonio?
Absolutamente. El patrimonio no ha existido siempre. Es un concepto que se va generando a lo largo del siglo XIX. Y es un concepto que permite que las colecciones reales de pintura se conviertan en el Museo del Prado, por ejemplo. Esto no fue una gracia real, sino una conquista democrática que se hizo sobre todo en los años del Sexenio Democrático. O, por ejemplo, durante los años de la República que, por primera vez, estableció la protección patrimonial como un elemento enmarcado en la Constitución. Por lo tanto, es una conquista democrática y esto implica que el patrimonio no sea patrimonializado ni por identidades, ni por grupos económicos, ni por intereses espurios. E implica que seamos todos conscientes de que es algo que pagamos con nuestros impuestos y, por lo tanto, tenemos que defender como nuestro. Debemos resistir los intentos de privatización que se están produciendo cada vez más, porque una de las cosas de la masificación es que se intentan iniciativas que benefician solo a unos pocos.
También leo en el libro lo siguiente: “Las inmatriculaciones le han asegurado a la Iglesia la propiedad de miles de monumentos y el control ideológico del contenido”. ¿La administración pública ha dimitido de su deber de tutela?
La administración pública siempre ha tenido con la Iglesia desde el siglo XIX bastantes contenciosos a la hora de gestionar un patrimonio histórico del que era una depositaria muy grande. No en vano una parte muy importante de la historia de España está marcada por el papel de la Iglesia. Yo no sé hasta qué punto ha dimitido, pero sí que es un tema en el que no siempre se ha ejercido la diligencia adecuada. No siempre se han puesto encima de la mesa unos intereses comunes que deberían estar al servicio de la ciudadanía. Esto tiene cada vez más difícil solución porque elementos que hasta hace 30, 40 o 50 años no se consideraban mercancía ahora sí que son monetizables.
Los intereses particulares de la Iglesia se han puesto encima de la mesa y las administraciones públicas deberían estar muy vigilantes porque tienen la obligación constitucional de defender el patrimonio histórico. No lo digo yo: lo dice la Constitución. La gente debe saber que si hoy en día conocemos el patrimonio mejor se debe precisamente a que las administraciones públicas han invertido mucho y no solamente en su conservación sino también en la formación de profesionales, restauradores o arqueólogos.
En el patrimonio de carácter religioso, ¿el derecho al culto ha atropellado al derecho a la cultura en términos de difusión?
Creo que más bien ha sido todo lo contrario. El derecho al culto no ha funcionado así. De hecho, si tú miras, por ejemplo, las principales catedrales de este país casi todas se han convertido en museos y se ha relegado el culto a las capillas. La Catedral de Burgos hoy es un museo. Si eres una persona religiosa y quieres ir a rezar tienes reservada una capilla con una entrada diferente. El patrimonio se ha convertido en una mercancía y esto está afectando a todo el mundo. La Iglesia es consciente. Hace unos años entrabas en una catedral y la veías tranquilamente con personas que estaban rezando.
Pero la Iglesia utiliza el patrimonio como un instrumento de evangelización y en algunos casos ha falsificado gran parte de su interpretación. El caso de la Mezquita de Córdoba es evidente.
Claro. Lo que piensa muchas veces la Iglesia es que si van millones de visitantes es una buena oportunidad para hacer evangelización. Esto ocurre con la Iglesia, pero se hace también en otras partes. Tú vas a determinados lugares patrimoniales en Cataluña y te encuentras determinados mensajes. En lugares en que se debería dar una visión histórica más compartida y diversa la Iglesia pretende monopolizar el discurso. Y esto choca contra el propio carácter del edificio. Caso evidente es el de la Mezquita de Córdoba. Y no es una buena idea porque no permite acoger en buenas condiciones visitas que cada vez son más diversas. La propia turistificación genera gente que viene de todo el mundo y con creencias y valores muy distintos. Se comete un error si solamente se piensa en términos de evangelización.
Es sorprendente el caso de la mansión de Mar-A-Lago de Donald Trump. La paradoja de que un islamófobo declarado tenga decorada con azulejos nazaríes comprados en España gran parte de su mansión.
No son azulejos nazaríes. El asunto viene de un matrimonio de millonarios estadounidenses, los Havemeyer, que vinieron a España a finales del siglo XIX. Y en Granada compraron unos azulejos que, según les dijeron, procedían de un palacio de Carlos V en Guadix. Cuando llegaron a Nueva York les advirtieron: “No. Estos azulejos no son de un palacio de Carlos V en Guadix porque Carlos V no tuvo ningún palacio en Guadix. La historia es falsa”. Los azulejos son de imitación con algunos elementos mudéjares, pero también tiene leones y otros motivos.
Los Havemeyer no sabían muy bien qué hacer con los azulejos y se los vendieron a la mujer que estaba construyendo la residencia de Mar-A-Lago. En algunas publicaciones se sigue diciendo que es la mejor colección de azulejos mudéjares que existe fuera de España. Y realmente no es así. La realidad es que les timaron y les cobraron una barbaridad por una cosa que tenía un valor muy inferior. Mar-A-Lago es un lugar que tiene una historia muy interesante porque se construye como un pastiche con elementos muy distintos, algunos también de procedencia hispana o imitando la arquitectura española.
¿La arquitectura mudéjar aragonesa es la victoria de los vencidos?
No sé si es adecuado plantearlo en términos de victoria. Lo que sí revela es el hecho de que en el momento en el que esta arquitectura se desarrolla, sobre todo en la baja media, hay un gusto compartido. Por un lado los cristianos y por otro los musulmanes, y ambos son capaces de apreciar una manera de construir y de decorar que va más allá de las diferencias religiosas. Es una cosa bastante impresionante que no se ve en muchos lugares. Que tengas un campanario de una iglesia que puede parecer perfectamente el alminar de una mezquita es una situación verdaderamente excepcional. Tendemos a pensar que los elementos patrimoniales pertenecen a un estilo o a una función determinada. Muchas veces los propios artesanos mudéjares introducían mensajes ocultos en el patrimonio y, en ese sentido, no sé si es correcto mirarlo en en términos de victoria o derrota. Quizás sí. La verdad es que no lo he pensado mucho, aunque me parece más interesante la otra visión: la de compartir un gusto arquitectónico que pueda combinar elementos de tan distinta procedencia.
Aristóteles Moreno